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‘El gran Lebowski’ - El detective deconstruido

La octava realización de los Coen, y quizá su última obra maestra, es la historia de un fumeta vago y pacífico, residente en Los Angeles, que no ha sabido reciclarse y se ha quedado en hippie eterno. Pero es un tío cabal, quizá el único de la ciudad. Así lo piensa el narrador, una figura angélica, bonachona y demiúrgica interpretada de manera inolvidable por el gran vaquero Sam Elliot.

El Nota es el único verdadero hombre de un relato que gira en torno a qué es ser un hombre, pues cada personaje de esta historia tiene su personal idea sobre ello y gusta de demostrarlo: para Walter Sobchak por ejemplo, impresionante John Goodman, ser un hombre es ser agresivo, mostrarse duro, gritar sin provocación. Pero también es un relato que juguetea y pone del revés todas las constantes y clichés del film noir, de la película detectivesca. Un rompecabezas con el Nota como heredero de Philip Marlowe.

Los Coen demostraron ser brillantísimos e inspirados sucesores del Black Mask americano, y de la literatura negra más exquisita con su Miller’s Crossing, su extraordinario homenaje al género, con la sombra de Hammet y Chandler detrás. Ya habían coqueteado con el crimen en su primera película, y volverían a hacerlo en la insuperable Fargo, en la innecesaria The Man Who Wasn’t There y en la opaca No country For Old Men. Les va el crimen.

Pero también les van las bromas. La trama criminal de El gran Lebowski empieza siendo una extorsión por deudas (con meada en alfombra), pasa a ser un secuestro, luego un robo, y termina Dios sabe dónde, en un laberinto absurdo, con toques surrealistas e imágenes lisérgicas. Y para desmadejar todo tenemos al detective de los 90, encarnado con una verdad y una belleza indescriptibles por el sinpar Jeff Bridges.

Veamos. Tenemos dos mujeres fatales. Una es la mujer-florero de un potentado (Bunny), ninfómana, ex-estrella porno y deslenguada. La otra es la hijastra del potentado (Maude), una artista conceptual que gusta de emplear sinónimos, no gusta de la ropa interior y que se expresa como una autómata. La primera será el objeto de deseo del Nota porque con hallarla gana una pasta. La otra le manejará a su antojo sin que él pueda oponer resistencia.

Tenemos un narrador que pierde el hilo de lo que dice cada veinte segundos. Tenemos un local donde se discuten las evoluciones de la trama, a modo de bar de cine negro: …una bolera. Tenemos el coche del héroe (muy a menudo inseparable del héroe, como su caballo de un jinete de western), aquí un cochambroso y cada vez más destrozado buga, auténtico leit-motiv de la trama. En su robo, tenemos a un sospechoso para que el Nota se abalance a por él con su poderío detectivesco: …un crío de 12 años que suspende en historia.

Tiene lugar un trepidante rescate…con Walter estropeándolo todo, disparando sin querer al coche del Nota. Tiene lugar una trepidante persecución, pues al Nota le sigue a todos lados un escarabajo azul conducido por un extraño…el Nota falla al querer echar su chusta ardiendo por la ventana, que acaba en sus pantalones, y para apagarla rocía su entrepierna con cerveza y con todo el jaleo se choca a 20 por hora contra un poste…

¿Y los diálogos? No serán como los de Bogart o Mitchum, pero están a la altura: eso sí, absurdos de puro encefalograma plano. Los Coen no dejan títere con cabeza. No están los tiempos para glamour. La decadencia en Los Angeles es total. El Nota es el más cabal, con eso se dice todo.

Pero estamos en la ciudad de Chinatown, de El sueño eterno. Se respira en las calles de El gran Lebowski ese pasado de leyenda. Pero el futuro es de los hippies, de los grandes de corazón, que se enfrentan a gangster como Jacki Treehorn (productor de cine porno), o a matones como los inmigrantes que le quieren cortar la tranca al Nota, unos pobres desgraciados que van por ahí con espadas y música electrónica europea. El climax de acción será una terrible pelea con ellos por salvaguardar unas carteras vacías, y con una chapucera forma de pelear.

¿Y el tipo que seguía al Nota? Pues un admirador, un detective que le tiene en un pedestal por su forma de trabajar. No es otro que el gran actor Jon Polito, y no deja de tener una coña tremenda que admire, según sus propias palabras, al Nota, por cómo enfrenta a un bando con otro (que es lo que le pasa a él en Miller’s Crossing).

Nunca los Coen se habían reído tanto de sí mismos y del género negro, tratándolo al mismo tiempo con admiración.

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